viernes, 29 de marzo de 2013

Resumen: El mago Corifitos y Otros Cuentos de Celia

El mago Corifitos: Serafín, Luquitín, Tartajilla y Periquín se quedaron impresionados al ver el nuevo cartel de la farmacia: "El Mago Corifitos". Enseguida salió el mago y dijo: tengo de todo, píldoras para recordar, grageas para crecer, pastillas de tranquilidad, agua milagrosa y mil cosas más extraordinarias. Los niños rápidamente entraron. Periquín y Serafín salieron de la tienda con unas píldoras para la memoria, porque ese día tenían un examen. Se las tomaron y recordaban todo, menos lo importante, que era su examen. Más tarde, salieron Luquitín, que se había comprado una píldora para crecer, y Tartajilla, una para no tartamudear. Al reunirse todos los niños, pensaron que les habían timado, porque Tartajilla hablaba mucho, Luquitín era demasiada alta y los niños no recordaban el examen, y fueron a quejarse al Mago. El Mago los escuchó, entró a la tienda y abrió la persiana, haciendo que les diera el sol a los niños, los cuales recuperaron su forma y volvieron a ser  como eran antes.  El sol lo había cambiado y la tienda se convirtió en la antigua farmacia que era.

Los Anteojos de Color Miel: Había tres hermanas que se llamaban Rosalía, Pilina y Marisol. Les gustaban mucho los cuentos y de mayor querían ser hadas, aunque la gente se reía de ellas. Un día llegó la noticia de que la madrina de Marisol había muerto y había dejado a su ahijada por heredera. La madre decidió trasladarse a la casa de la madrina. Las niñas no paraban de preguntar  si había un gran jardín como en los cuentos y la madre decía que sí. Al llegar a la casa las niñas se pusieron tristes porque el jardín era muy feo. Las niñas no pararon y siguieron buscando por todos lados. Abrieron una de las puertas del sótano y encontraron tres cajas donde ponían sus nombres. En el de Rosalía había un medallón con la imagen de la Madrina y un cartel que ponía que si miraba muchos el medallón de haría muy guapa como la madrina, y así fue, se hizo muy guapa y vino un rey indio y se casó con ella marchándose con él a la India. En el segundo paquete, que era para Pilina, había otro medallón donde ponía que la riqueza no era la felicidad. Gracias al medallón Pilina se fue  haciendo  rica y se marchó a la ciudad con un gran banquero. En el de Marisol había unos grandes anteojos que ella no quiso y los guardó en una caja. Su madre murió y Marisol se quedó sola. Un día se puso los anteojos y, de repente, vio una jardín precioso como en los cuentos lleno de  hadas. Cuando se miró se dio cuenta que ella se había convertido en un hada y que la madrina también lo había sido. Entonces fue cuando comprendió que el suyo había sido el mejor de los regalos. Al cabo del tiempo volvieron sus dos hermanas, una porque la  habían desterrado y otra porque se había hecho pobre. Las dos miraron por los anteojos y también se  convirtieron en hadas.

La buena amistad: En una ciudad, en un piso, en el tercero derecha, todos los objetos eran amigos y se querían mucho. Había una familia compuesta por la tetera, las tazas, el azucarero y la jarrita de leche. Había servilletas, manteles, una bandeja de plata, un muñeco de porcelana, había también otra familia compuesta por los dedales y los carretes de seda, en la mesa había un tarro de miel, en la cama del niño que vivía en la casa se encontraban el edredón y la almohada y había un duende que vigilaba la casa aunque nadie lo veía. Todos los días eran felices como los domingos y siempre se querían y apoyaban. Un día un amigo del niño fue a la casa y le gustó tanto que los padres  compraron la  casa del  tercero izquierda. Todos los objetos que habían en esa casa se insultaban y nunca se apoyaban. Un día llegó una guerra y no paraban de caer bombas. En el tercero derecha todos los objetos se apoyaban e intentaban aguantar. Mientras en el tercero izquierda se seguían insultando y peleando. Cuando acabó el bombardeo, todo el mundo volvió a sus casas, y en el tercero izquierda todos los objetos estaban rotos, pero sin embargo en el tercero derecha estaban en perfecto estado. Los abuelos decían que había sido suerte pero el duende, que lo había presenciado todo, sabía que no, porque en el tercero derecha se habían apoyado entre ellos, con lo que habían conseguido protegerse.


La pescadora de las trenzas de seda: Había una vez una reina que tenía trescientos sesenta y cinco mantos: uno para cada día del año. Su hijo se quería casar pero la reina no quería y para que no le desobedeciera lo encerró en una torre. El príncipe consiguió escapar y corrió y corrió hasta llegar a una casa de pescadores. Allí lo trataron muy bien y el príncipe contó que era un servidor de la reina. Todas las noches contaba historias de palacio a los pescadores y se hizo muy buen amigo de la hija del pescador. Allí estuvo muchos meses hasta que un día escuchó que la reina mataría al que estuviera escondiendo al príncipe. Él tuvo que despedirse y volvió a palacio. La reina lo recibió y pensó que ahora se debería casar, y dijo que la que le trajera un manto diferente a los que tenía se casaría con el príncipe. Pasaron muchas pretendientas pero ninguna traía uno diferente. Un día llegó la hija del pescador con un manto hecho con rayos de sol y de luna y la reina lo aceptó, ya que no lo tenía. La mujer le pidió a la reina que ella quería a un servidor suyo. Pasaron todos los servidores que había pero ninguno era el que ella quería. Hasta que pasó el príncipe y los dos se abrazaron. El príncipe quería casarse con la hija del pescador y la madre al ver el manto que había traído aceptó.

Las tres ranas encantadas: Había una vez un bosque, con un lago en medio, donde vivían muchas ranas. Una noche tres ranas se juntaron sobre una piedra a contarse sus penas. La más gorda contó que había sido príncipe y otra dijo que tampoco era lo que parecía, había sido Fabricio,  el hijo del lapidario del rey. Contó que a su padre le llegó la orden del rey de hacer un diamante y quiso enseñárselo a sus amigos por la ventana, pero se le cayó y se perdió para siempre. Entonces cuando su padre se enteró, le dijo ¡fuera renacuajo! y de repente se convirtió en rana. El príncipe se enfadó con Fabricio porque se dio cuenta que por su culpa se había convertido en rana. Él contó que el diamante que Fabricio había perdido, era el regalo del rey al príncipe. Entonces cuando el rey se lo contó al príncipe, éste contestó de mala manera y el rey lo maldijo, haciendo que se convirtiera en rana. La otra rana dijo que ella era Florinda,  la hija del guardabosques del rey,  y  cogió el diamante que se había caído de casa de Fabricio y lo escondió en su boca. Entonces cuando el guardabosques se enteró de que su hija tenía el diamante del rey, ella, se convirtió en rana. Florinda dijo que el diamante estaba en el lago y rápidamente Fabricio lo sacó a la superficie y de repente volvió a ser Fabricio, el hijo del lapidario del rey. Fabricio cogió al príncipe y a Florinda y los guardó en su bolsillo. Llegaron al palacio del rey y lo  vieron  llorando y lloró aun más al ver el diamante. El rey al verlo dijo que ya no lo necesitaba, porque su hijo era una rana. Entonces de repente se rompió el encantamiento y el príncipe se convirtió en el príncipe que era. La única que seguía siendo rana era Florinda, que se instaló al lado de la casa de su padre, que estaba haciendo grandes preparativos porque cada cien años el rey visitaba una de las casas de los guardabosques, para hacerle noble y enriquecerle a él y a toda su familia. A la hora de ponerse el sol el padre y la hija hablaban de lo que iba a ocurrir. Llegó el rey y le dijo al padre de Florinda que era el elegido. Entonces Florinda volvió a ser una niña. El príncipe al ver lo guapa que era se casó con ella.


La niña del Cuento: Esto era una niña que se llamaba Blanca Nieves y quería ser una niña de cuento. Ella siempre hacía caso a las moralejas de los cuentos. En verano fue a casa de sus abuelitos. Al llegar empezó a hablar de cuentos con los animales del campo. Como los animales no hablaban la niña pensó que eran unos inútiles y no servían para nada. La niña se lo dijo a su abuela. La abuela le dijo que esperara a la mañana siguiente y vería para que servían los animales. Por la mañana vio como la cabra hacía leche para su desayuno, como las abejas hacían miel para sus tostadas, como la abuela recogía los huevos de las gallinas, como el gato ahuyentaba a los ratones y como el perro protegía la casa por la noche. Blanca Nieves se quedó sorprendida y entendió lo importante que eran los animales.

La pipa del Diablo: Una noche, el diablo salió con su pipa a tomar el fresco pensando en la maldad que iba hacer al día siguiente. Los perros empezaron a aullar y el diablo, al escucharlos, creyó que lo iban a descubrir y  corrió al infierno, haciendo que se le cayera la pipa y como no tenía tiempo pensó recogerla al día siguiente. Al día siguiente Maruja y Toñete la encontraron y la encendieron. Toñete empezó a fumar y seguidamente Maruja. Tenían humo por todas partes y el humo llegó a la ciudad haciendo creer a la gente que había un incendio. Al volver a su casa su madre les metió la cabeza en el río para que no les saliera más humo. Un monaguillo encontró la pipa que se le había caído a los niños y de tanto fumar se mareo. Todo el bosque le daba vueltas en la cabeza. El mareo llegó a los habitantes del pueblo y todos se cayeron al suelo. La pipa se cayó al río y todo volvió a su lugar. Nadie sabía lo que había ocurrido, solo el diablo que no había parado de reirse por lo ocurrido. El diablo mandó diablillos a recuperar la pipa y se la devolvieron. Y dicen que algunas noches el diablo, cuando tiene calor, sale a fumar su pipa aunque tiene más cuidado para no perderla.

La trampa del Tigre: Había una vez un tigre tan viejo y enfermo que se le habían caído todos los dientes y solo podía comer flores, raíces y semillas. Un día se encontró con el ratón Pérez e hicieron un trato; el ratoncito Pérez abriría una agujero en la cueva del tigre en la zona en la que había una colmena y el tigre le daría un poco de tocino. Más tarde, se encontró con el gato Montés e hizo otro trato; éste  le llevaría al tigre una bolsa de raíces y a cambio podría comerse al ratoncito Pérez. A continuación, se encontró con el perro del caminero, Sultán, e hizo otro trato; Sultán le llevaría al tigre trozos de carne tierna y él dejaría que se comiera al gato Montés. Después se encontró con el lobo pardo y nuevamente hizo otro trato; el lobo le llevaría dos gallinas al tigre y él le dejaría atrapar a Sultán. Al final se encontró con el pastor e hizo otro trato; el pastor llevaría al tigre un canasto con quesos y él le dejaría coger al lobo. Por la mañana, llegó el ratón y abrió un agujero en la cueva, haciendo que cayeran gotas de miel de la colmena que había dentro, pero rápidamente se tuvo que esconder porque llegaba el gato Montés. El gato dejó las raíces y cuando iba a coger al ratón se tuvo que esconder porque llegaba Sultán. Sultán dejó la carne y cuando iba a coger al gato se tuvo que esconder porque llegaba el lobo. El lobo dejó las gallinas en el suelo y cuando iba a coger a Sultán se tuvo que esconder porque llegaba el pastor. Y rápidamente el tigre guardó los alimentos mientras veía al pastor persiguiendo al lobo.

El señor Camuñas: En una cueva, en la montaña, vivía el señor Camuñas, un hombre muy feo que no podía vivir en el pueblo porque la gente y los niños se asustaban de él. Las madres lo llamaban, cuando sus niños no se dormían, para que fuera a asustarlos. Un día escuchó que un niño llamado Manolín, no le tenía miedo y estaba haciendo que los demás tampoco se asustasen, por lo cual decidió darle un escarmiento. Fue a su casa, llamó a la puerta, y  el chico, que al parecer vivía solo, le abrió. El chico no se asustó y el señor Camuñas sorprendido le preguntó que por qué no se asustaba. El niño dijo que era feo, pero que eso no significaba que le tuviera que dar miedo. Se quedaron hablando y el chico le preguntó al señor Camuñas si quería ser su abuelo, ya que no vivía con nadie. El señor Camuñas aceptó y se quedó a vivir con el chico. Manolín se hizo profesor y el señor Camuñas se ponía en la puerta de la escuela a regalar caramelos a los estudiantes.

La isla de la felicidad: Un día cinco muchachos de un pueblo de pescadores salieron en busca de la isla de la felicidad, porque un señor mayor les había contado la historia. Llegaron a una isla en la que todo era de oro, y se instalaron en un palacio. Un día se cansaron de esa isla porque era muy aburrida y embarcaron en busca de otra. Llegaron a otra que era muy frondosa, verde y magnífica. Había de todo, huertos llenos de frutales, granjas repletas de gallinas, conejos en los bosques... Un día se cansaron de esa isla porque les dolía la barriga de tanto comer y embarcaron en busca de otra. Llegaron a otra isla muy ruidosa y alegre. Al desembarcar escucharon a los animales gritar y escucharon las flautas, los tambores y  las trompetas de una fiesta que había en un pueblo. Ellos se unieron a la fiesta, y al segundo día ya estaban roncos. Se dieron cuenta que todos los días era fiesta en aquel pueblo y nunca paraban de hacer ruido. Se cansaron del ruido y decidieron volver al pueblo. No llegaron a un pueblo, sino a una isla desolada. Por la mañana se dispersaron para investigar. El primero volvió diciendo que había encontrado una cueva donde podían dormir. El segundo trajo un puñado de espigas; el tercero trajo un gallo y una gallina; el cuarto dijo que había encontrado un ciruelo y un manzano, y el quinto volvió acompañado de una cabra y su chivito. Los cinco se pusieron a trabajar para sobrevivir en aquella isla. El primero se hizo carpintero. El segundo se hizo labrador. El tercero hizo un corralito para el gallo y la gallina. El cuarto se hizo hortelano, y el quinto, pastor. Un día hablando de por qué estaban allí, se dieron cuenta que ninguna de las demás islas eran la isla de la felicidad, sino que era en la que estaban.

Los tres tesoros de Pepín: En un palacio vivía un niño que se llamaba Francisco José y en una casita pequeña que había cerca del palacio vivía Pepín. Un día Francisco José se encontró con Pepín y le preguntó qué hacía. Pepín dijo que estaba viendo sus abejas que, según su abuelo, eran un tesoro. Francisco José llevó a Pepín  a su cuarto en el palacio y le enseñó las abejas de oro que tenían bordadas en  las cortinas. Otro día en los que estaban reunidos, Pepín le contó a  Francisco José que su burro era un tesoro. Él se echo a reír y le dijo que no tenía comparación con el caballo de bronce que había en el jardín del palacio. Al día siguiente Pepín le habló a Francisco José de su abuelo y habló muy bien de él. Francisco José no podía aguantar la risa porque sabía que era un hombre muy feo y jorobado y le dijo que no tenía nada que ver con sus tíos, que eran ricos. Ocurrió que vino una gran guerra y en el palacio no les quedaban alimentos. Francisco José se lo dijo a Pepín. Pepín le dió miel y Francisco José, al  darse cuenta que la habían hecho las abejas de Pepín,  comprendió que eran mucho mejores que las suyas. Una noche empezaron a caer bombas y Francisco José tenía que salir del palacio para salvarse. El caballo de bronce no se movía y se acordó de Lucero y del abuelo de Pepín. El abuelo de Pepín, Pepín y Francisco José se salvaron y llegaron a otro país donde no había guerra. Los tres se quedaron a vivir allí y Francisco José no se volvió a reir de los tesoros de Pepín.

Los dos hermanos y el genio: Había una vez dos hermanitos, un niño y una niña, que iban a un colegio caro. Llegó una guerra y su padre y su madre murieron. Juanín y Carmelina, que era como se llamaban los niños, vieron correr a la gente y ellos corrieron hasta encontrarse en una pradera muy tranquila. Los dos chicos se durmieron y a la mañana siguiente encontraron a un hombre durmiendo al lado suya. El hombre tenía un zurrón y una cayada. Cuando el hombre se despertó preguntó que quienes eran y los niños le explicaron lo ocurrido. El hombre sacó de su zurrón un violín para Juanín y unos zapatos de baile para Carmelina. El hombre se fue tan rápido que no escuchó las preguntas del los niños. Desde aquel día recorrieron el mundo bailando y tocando. Un día en el gran teatro de la Ópera anunciaron un concurso para elegir a la mejor bailarina y al mejor violinista. Tras el baile de Carmelina y la actuación de Juanín todo el mundo les aplaudieron. Ellos fueron los ganadores y al salir escucharon decir a unos antiguos compañeros de su colegio que era una injusticia, ya que no habían dado clases. Juanín se enfadó pero Carmelina le recordó que todo se lo debían a aquel hombre de la pradera.




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